|
LA ENTRADA DE LOS
ESPAÑOLES A CAJAMARCA
A los seis meses de haber desembarcado en Tumbes y
después de una dura travesía por los llanos de la
costa y los fragosos caminos de la sierra, el 15 de noviembre de
1532 la hueste de Pizarro avistaba el espléndido valle de
Cajamarca. Eran 72 jinetes, 106 hombres de a pie y una cantidad no
determinada pero muy numerosa de porteadores, indios e indias de
Nicaragua y algunos esclavos negros y moriscos.
En un extremo, como recogida al amparo de la suave cordillera,
estaba la vasta ciudad de piedra y al fondo, el campamento de
Atahualpa, en las mismas termas de Cunoc. "Parecía una muy
hermosa ciudad, porque todos tenían sus tiendas" informa
Hernando Pizarro a los oidores de la Audiencia de Santo Domingo. La
visión del ejercito del inca debió impresionar a los
castellanos; tal vez se habían aventurado demasiado en el
interior del Imperio, pero el regreso era imposible. La suerte
estaba echada.
Los españoles llegaron pasado el medio día, "a la
hora de vísperas" como señalan los cronistas. Estaba
lloviendo y granizaba; poco después entraban en la ciudad
vacía. Atahualpa había trasladado su campamento a las
fuentes termales a poco mas de una legua de la ciudad. Pizarro
reunió a sus capitanes para trazar el plan. La experiencia
aconsejaba un ataque por sorpresa, sin que mediara la menor
provocación. Lo importante, si querían salir con
vida, era apoderase del Inca. Así lo determinaron; era, en
suma, la táctica que tantos éxitos les había
dado en las conquistas de México y del Caribe.
Una vez aposentados, Pizarro dispuso que fueran Hernando de Soto
y algunos jinetes al campamento del Inca con el objeto de invitarlo
a cenar esa misma noche. Soto partió hacia el real de Cunoc
con quince de a caballo y un interprete. Después de recorrer
la calzada que cruzaba la llanura cubierta de totorales, hallaron
al Inca en un pequeño palacio en el cual había un
estanque de agua temperada donde se bañaban solo el monarca
y sus mujeres. Soto pidió por intermedio del interprete, que
saliera el monarca para hablar con el. Atahualpa se hizo esperar
hasta que sus servidores colgaron en la puerta del recinto una
cortina transparente; tras ella se sentó el monarca. Junto a
el estaban algunas mujeres y muchos nobles. Los soldados del Inca
permanecían a distancia en compacta multitud.
Soto empezó a hablar sin que Atahualpa se dignara
contestarle. Uno de los nobles lo excuso explicando que su
señor se encontraba en el ultimo día de ayuno ritual.
Solo después de algún rato mando retirar la cortina y
les dijo a los españoles que aceptaba la invitación
para el día siguiente. Al mismo tiempo les hizo
mención de las graves noticias que había recibido del
curaca de Poechos sobre los actos y defectos de los castellanos.
Por su parte, los capitanes españoles - pues se les
había unido Hernando Pizarro, osado y violento- hicieron
alarde de sus condiciones guerreras y del poder de sus caballos.
Atahualpa los invito a desmontar y a cenar. Los castellanos
mostraron temor a ser envenenados. Atahualpa los tranquilizo
bebiendo un poco del contenido de sus vasos, y los llego a
persuadir de que bebieran chicha. Soto pregunto al inca
si quería que corriera su caballo frente al y, con su
aceptación, pico espuelas, galopo y caracoleo en un prado
cercano.
En un momento, cruzo el campo a galope en dirección a las
tiendas; la guardia, al ver la nunca vista bestia que se les venia
encima, retrocedió espantada. Luego, volviendo en
dirección a Atahualpa con el propósito de asustarlo,
pico y solo freno a escasos palmos del monarca. Refieren algunos
cronistas que fue grande el temor de los españoles al ver la
impavidez del Inca.
Había caído la noche cuando Soto regreso donde sus
compañeros, a los que encontró refugiados en los
aposentos que daban a la plaza. Los capitanes refirieron a
Francisco Pizarro los pormenores del encuentro: Atahualpa era todo
un Emperador y el refinamiento de su Corte los había
sorprendido y maravillado. Habían visto también a un
ejercito victorioso en orden de batalla, al que tanto Soto como
Hernando Pizarro estimaron en cuarenta mil hombres. Atahualpa era
extraño e impresionante, no había sonreído una
sola vez, ni agradecido los regalos que le envió el
Gobernador: una camisa de Flandes primorosamente bordada y una
hermosa copa de cristal de Venecia.
LA EMBOSCADA
Pizarro dispuso las guardias, rondas y centinelas para pasar la
noche. Sus hombres eran aguerridos: los había veteranos de
las campanas de Italia, de las conquistas del Caribe, de
México y América Central. Todos se habían
templado en batallas y guazábaras, pero aquella noche nadie
pudo dormir. Tal vez al día siguiente serian despedazados
por las mazas del Inca. Solo la suerte y un golpe de mano muy audaz
podía salvarlos. Algunos se confesaron con los religiosos
que los acompañaban. Apenas amaneció, el gobernador
Francisco Pizarro formo a su hueste y dispuso el plan de batalla.
La 'inmensa' plaza a la que se refieren las crónicas se
adaptaba perfectamente a sus planes y había que esperar
allí de todos modos. Dos de sus lados estaban formados por
enormes galpones, en los que hizo entrar a la caballería.
Cada una de estas edificaciones, que solo se erigían en los
centros administrativos de importancia, tenían - al decir de
Cristóbal de Mena - "mas de doscientos pasos y veinte
puertas". Estos galpones rodeaban el espacio cerrado de la
plaza.
El otro lado de la plaza lucia una "cerca de barro con un
torreón en la mitad abierto hacia la llanura". Este
torreón o fortaleza que llaman los cronistas no era otra
cosa que el ushno, especie de tribuna en la que se ubicaban
el inca o los gobernadores para administrar justicia o decidir
cuestiones importantes. Siempre los había en los centros
administrativos del Imperio. Aquí hizo colocar Pizarro a la
artillería de Pedro de Candia con cuatro tiros o falconetes
y ocho o nueve arcabuceros. Un disparo de una de esas piezas seria
la señal para el ataque. La entrada fue cubierta por el
resto de la infantería.
Atahualpa había prometido ir temprano a la cita, pero
transcurrían las horas y no llegaba. Recién en la
tarde de ese larguísimo día se diviso a lo lejos el
impresionante cortejo. Venia adelante un escuadrón de
barredores vestidos de "libreas" limpiando el camino por donde
debía pasar el soberano; luego, tres grupos de
músicos y bailarines precedían a un cuerpo del
ejercito; atrás marchaba un nutrido grupo de nobles.
Conducidos en literas, venían los señores de Chincha,
de Chimu y de Cuismanco; por ultimo, en sus andas magnificas y con
la solemnidad de un dios, venia el Inca.
Faltando un cuarto de legua para llegar, se detuvo el cortejo,
no se sabe por que razones. Atahualpa decidió levantar
tiendas, lo que causo pánico entre los castellanos.
Veían frustrada la trampa que le habían tendido, y
recelaban se produjese lo que mas temían: un ataque
nocturno. Siguieron aguardando escondidos en sus puestos, con orden
de no asomarse hasta oír la señal convenida. Pedro
Pizarro, el entonces paje del Gobernador, recordara después:
'Yo vide a muchos españoles que sin sentirlo se orinaban de
puro terror'.
Francisco Pizarro pidió un voluntario para ir con el
interprete a invocar al Inca que cumpliese con su compromiso y a
ello se ofreció Hernando de Aldana. Atahualpa, seguro de la
situación y pensando que no había nada que temer;
reanudo el camino dejando con fatal decisión al grueso de su
ejercito de honderos y lanceros. Con solo unos cinco o seis mil
hombres, aparentemente desarmados, decidió entrar a la
ciudad. También es posible que el Inca pensara tender una
celad a los hispanos y ordenara a Rumiñahui (ojos de piedra)
y a otros generales que rodeasen la ciudad para que no escapara
ningún invasor.
LA HECATOMBE
A eso de las cinco de la tarde, conducido en andas de oro,
ingreso Atahualpa a Cajamarca. Avanzo hasta el centro de la gran
explanada y mando detener a su cortejo. Al no ver a nadie, pregunto
por los españoles. Alguno de su sequito le dijo que estaban
escondidos. Mando entonces a buscarlos. En eso, sin que nadie lo
anunciara y en medio de un silencio expectante, salió el
fraile dominico Vicente Valverde seguido por Martinillo, el
muchacho Tallan que servia como interprete, y por Aldana. Se acerco
el fraile a las andas del inca y comenzó a exhortarlo, tal
vez leía o recitaba de memoria la formula del Requerimiento
que debía ser expuesta para justificar la conquista. Con
seguridad hablo de Dios, del derecho que el Papa y sus majestades
los reyes de España les habían conferido para ocupar
los dominios del Inca, predicar la fe de Cristo y lograr la
salvación de sus almas. Posiblemente, le aseguro que Pizarro
venia en son de paz. El monarca, después de escuchar sin
comprender aquel enredo, le pregunto indignado al fraile de donde
sacaba todo aquello. Valverde le señalo el libro que tenia
en la mano. Refieren los cronistas que Atahualpa se lo pidió
para verlo y que luego de ojearlo lo arrojo con ira. El fraile,
espantado, echa a correr hacia el lugar donde se hallaba
Pizarro.
No sabernos lo que el fraile le dijo a Pizarro; los cronistas
dan versiones diferentes. En lo que concuerdan es que le
pidió al gobernador que atacara. Pizarro dio la señal
convenida, "se hizo senas al artillero que soltase los tiros -
refiere Cristóbal de Mena- y así soltó dos de
ellos, que no pudo soltar más"¡ Los falconetes de
Candia estremecieron el aire con estruendo aterrador y al grito de
"Santiago y a ellos!" salió Pizarro a conducir el ataque al
tiempo que tronaban las trompetas, se disparaban los arcabuces y
salían a la carga los escuadrones de caballera sembrando a
su paso la confusión y la muerte.
El sequito del Inca fue tornado por sorpresa. Encerrados en la
plaza, no fueron capaces de organizar la defensa. Todos quisieron
ganar las pocas y estrechas salidas mientras los españoles,
ubicados en lo alto, les soltaban una lluvia de saetas. Los
primeros que trataron de hallar las salidas fueron batidos a tiros
de arcabuz y con ellos se tropezaban los que venían
escapando de los caballos. Los españoles les habían
cerrado el paso y los acompañantes del Inca nada pudieron
hacer.
Atahualpa se irguió sobre sus andas mirando estupefacto
la masacre. Los curacas principales que conducían las andas
no lo abandonaron en ningún momento y las crónicas
coinciden en referir que los que caían en la matanza eran
reemplazados por otros. Aunque muchos de ellos estaban heridos y
casi moribundos no dejaban de rodearlo tratando de impedir con sus
cuerpos que alguien se acercara al Inca.
Pizarro y veinticuatro soldados se abrieron paso a donde estaba
Atahualpa y después de abatir a quienes se
interponían llegaron a el y derribando las andas lo asieron
por los cabellos. Alguien trata de acuchillarlo, pero lo
impidió Pizarro; al defenderlo recibió una herida en
la mano. El Inca fue apresado y conducido a un edificio de piedra
que daba a la plaza.
Afuera continuo la matanza. Los españoles, embriagados
por la sangre, siguieron acuchillando y alanceando a los
acompañantes inermes de Atahualpa. Cuando acabaron con los
que estaban en la plaza salieron al campo tras los que
corrían a salvarse. Los esclavos y la tropa remataban a los
heridos.
Rumiñahui, quien con su ejercito había esperado
fuera de la ciudad las ordenes del Inca, no atino a tornar ninguna
decisión y se retiro del lugar teniendo que Atahualpa
hubiera muerto. Cayeron las sombras de la noche del 16 de noviembre
de 1532 y en el ocaso sangriento de aquel día se puso
definitivamente el sol sagrado de los incas. "Quedaron muertos en
el campo seis o siete mil indios", refiere Cristóbal de Mena
y con la cifra coinciden otros testigos.
EL RESCATE
Atahualpa fue tratado formalmente con las consideraciones que
demandaba su condición. Se le permitió que lo
acompañaran algunas de sus mujeres y que recibiese las
visitas de sus parientes y servidores. El Inca era un hombre
astuto; comprendió perfectamente Su situación y el
peligro que significaba para el que los partidarios de su hermano
Huascar entraran en tratos con los invasores.
Conocía, por otra parte, la codicia de los hispanos por
los metales preciosos. Ofreció a cambio de su libertad una
sala llena de objetos de oro, hasta donde llegara la altura de su
brazo, y otras dos llenas de plata. El Inca pensó que con
este rescate y la promesa formal de los españoles
había comprado su libertad. Estaba lejos de imaginar que el
pequeño ejercito de Pizarro no era sino la avanzada de una
invasión inevitable. Creyó seguramente que los
hispanos iban a marcharse, pero su destino estaba ya decidido.
Veloces chasquis llevaron en todas direcciones las ordenes
de Atahualpa y pronto comenzaron a llegar a Cajamarca los
porteadores del fabuloso tesoro.
Sin esperar que se completara el volumen ofrecido por el Inca,
los españoles empezaron a fundir las piezas de oro y plata:
cantaros, platos, copones, ollas, braseros, vasos, atabales,
tejuelos, figuras de hombres y animales, "piezas monstruosas".
Después de fundirlas, marcaban las barras con el curio real
y señalaban su peso y su ley. Dejaron solo algunas piezas
que los asombraron por su hechura y que fueron a completar el
quinto real.
El 17 de junio ordeno Pizarro la distribución de la plata
y el oro del mas fabuloso rescate que se habría de pagar en
la historia. Se fundió poco mas de 6080 kilos de "buen oro"
(22 quilates) y 11872 de plata. Pero el tesoro se distribuyo por
partes. después de separar la quinta de la Corona y la
décima de la Iglesia, Pizarro tomo trece partes y la
acostumbrada "joya del Gobernador", nada menos que el asiento de
oro de las andas de Atahualpa.
Hernando Pizarro recibió siete y los hermanos menores dos
y media partes. Soto, sin cuya intervención, como dice
Lockhart, la conquista apenas hubiera salido adelante, solo
recibió cuatro partes. Sebastián de Benalcazar
recibió dos y un cuarto de parte y el capitán
Cristóbal de Mena menos que un hombre de a caballo.
En suma, a cada conquistador de a caballo le toco
aproximadamente cuarenta kilos de oro y ochenta de plata. A los
peones, es decir a los soldados de a pie, les dieron
aproximadamente la mitad. Continuaron llegando a Cajamarca los
cargamentos de piezas confeccionadas con metales preciosos, y
siguieron siendo fundidas hasta después de la
ejecución del Inca. Jamás soldado alguno
recibió tan cuantiosa paga. Todos se volvieron ricos. El
tesoro del Inca acabo con la pobreza de los aventureros hispanos;
la fama vendría por añadidura.
LA MUERTE DEL INCA
Atahualpa, que había confiado en la palabra de Pizarro,
advirtió el engaño cuando vio que el tesoro era
repartido y el seguía prisionero. Dice Gomara que se
acordó formar un tribunal presidido por el Gobernador; quien
encontró culpable de traición al Inca, puesto que
habiendo prometido un rescate estaba haciendo lo posible para
acabar con los españoles. Se dijo que había ordenado
a Rumiñahui que avanzara hacia Cajamarca y atacara a sus
captores; se le hallo culpable de usurpar el trono del Imperio y
haber ordenado la muerte de su hermano Huascar; según ellos
el legitimo monarca; se le culpo de haber ordenado la matanza de
los nobles cusqueños sin tener en cuenta ni el sexo ni la
edad; se le condeno por haber cometido incesto, al tener por esposa
a su hermana y por adultero por tener muchas mujeres e hijos en
ellas. Finalmente fue declarado hereje contumaz por negarse a
reconocer la fe de Cristo y proclamarse Hijo del Sol. El tribunal
encontró validas todas las acusaciones y Atahualpa fue
sentenciado a morir en la hoguera.
Se opusieron a la ejecución del Inca Hernando Pizarro y
Hernando de Soto, considerándola enorme injusticia. Ellos
creían que debería llevársele a España
para ser juzgado por el rey y que el Gobernador no-tenia
competencia para sentenciar a un príncipe soberano en sus
propios dominios. También pensaron así algunos
soldados, dentro de ellos el joven Pedro Cataño. Pero otros,
como Diego de Almagro y los oficiales reales, el tesorero Riquelme,
el veedor Salcedo, el contador Navarro y el padre Valverde fueron
partidarios de la muerte del Inca.
Para que Atahualpa no tuviera ningún defensor; se
encomendó a Hernando Pizarro llevar a España la parte
del botín que correspondía a la Corona. Hernando de
Soto fue enviado a develar una supuesta rebelión.
Cataño fue apresado. A ultima hora se le conmuto a Atahualpa
la hoguera por el garrote vil, a cambio de ser bautizado. Atahualpa
acepto el bautismo no porque lo quisiera, sino porque sentía
horror a que su cuerpo fuera destruido: sus restos, como los
cuerpos momificados de los anteriores incas, estaban destinados a
ser objeto de culto y veneración.
El Inca fue estrangulado la noche del 26 de julio de 1533 y
cuartado.
Al día siguiente se celebraron las exequias con "grande
honra" en la improvisada iglesia de Cajamarca. El gobernador
Pizarro, vestido de luto riguroso y con el sombrero en la mano,
salió a la puerta del templo en compañía de
Diego de Almagro para recibir el cadáver y rezarle los
oficios con Valverde. Refieren los cronistas que durante las
exequias se produjeron desesperadas escenas de dolor por parte de
las mujeres y servidoras del Inca; algunas se suicidaron y muchas
pidieron ser enterradas con su señor. Amen
|